Yo, diferente.

Hace un tiempo ya, una chica a la que en estos precisos momentos me gustaría llamar ‘una amiga de días pasados’, me dijo que yo era dolorosamente diferente a cualquier otra persona que hubiera conocido hasta entonces. Cuando le pedí una explicación al respecto, ella respondió tantas cosas que, hasta el día de hoy, tengo dificultades para acordarme de cuales fueron con claridad. Pero, como con todo, mi mente se dio el trabajo de hacerme recordar lo más importante de lo que me contestó. De hecho, ahora que hago memoria, me doy cuenta de que su respuesta más remarcable no fue una común, ni simple ni clara. Fue más bien un cuestionamiento hacia mi forma de ser. Dijo que sentía que a mi me gustaba ser distinta.

Fue precisamente esa parte de nuestra conversación la que quedó dando más vueltas dentro de mi subconsciente. Dio tantas que hoy, tras casi cinco años, la veo revoloteando detrás de mis ojos de vez en cuando. Así que he decidido escribir algo sobre ella, a ver si se calma de una vez por todas. No es como si me quitara el sueño, porque desde que los antidepresivos hicieron efecto, ya nada lo hace; pero me parece interesante. Y mi cerebro ama tener cosas interesantes en las que pensar.

Las razones por las cuales mi amiga pensó eso de mi no son un misterio en absoluto. Yo siempre me he considerado a mi misma como una inadaptada social, alguien que se comporta de forma totalmente fuera de lugar en donde quiera que esté y que tiene un talento especialmente pobre para entablar relaciones o siquiera interacciones con prácticamente cualquier persona ajena a ella. Esta percepción sobre lo que yo considero mi existencia parece no ser errónea, ya que mi propia familia suele confirmarla a menudo. Tal vez más a menudo de lo que deberían. Pero no estoy sentada acá para culpar a nadie por mis dificultades para relacionarme socialmente o por mi baja autoestima, eso irá en otra parte. La reflexión que me provoca plasmar en éste teclado mis ideas más profundas es: ¿en verdad me gusta ser diferente? Y si es así, ¿por qué? ¿Es algo que debería aceptar de forma positiva o es ese precisamente otro de mis incontables defectos? ¿Debería realmente sentirme orgullosa al respecto, o debería esconderlo antes de que alguien que entre en lo que la gente tiende a calificar como ‘definición de persona normal’ lo note como algo malo?

Repasando en mi memoria, he llegado a la conclusión definitiva de que he sido alguien diferente a los demás en prácticamente todos los ámbitos en los que me ha sido posible. Desde niña, se comentaba que mi capacidad para recitar poesías y contar cuentos de la forma más textual que alguien puede memorizar era impresionante. Sin embargo, mi desplante a la hora de entretener a los adultos no se condecía con mi timidez y mi eterno temor a socializar y hacer amigos momentáneos. Si tuviera que dar explicaciones al respecto, diría que era porque yo no tenía idea de que la mayoría de los amigos que haría durante mi añorada infancia, mi turbulenta pubertad y mi contestataria adolescencia serían de estaciones, pasajeros, nunca definitivos, y que eso era completamente sano y natural. Me aterraba la idea de por fin encontrar mi ‘amigo(a) para toda la vida’ y luego perderle, así que prefería sencillamente no intentar encontrarlo. Y así me he mantenido hasta la actualidad.

Mis intereses en general también han sido un tema que me ha apartado del resto de población con la que comparto edad. Siempre me ha gustado leer por mi cuenta, y si hay algo que disfrute más que eso es escribir. Que yo considere hacerlo bien o mal es otra cosa completamente a parte. También me apasiona la música, no como un pasatiempo, si no que como una actividad casi necesaria para mi subsistencia. Así me he sentido toda la vida en cuanto al arte como un todo. Siempre he estado rodeada de él en mis círculos familiares, o al menos en su mayoría; no así en los que son abiertos, y menos en los que con adolescentes tienen que ver. Mis gustos jamás han coincidido al cien por cien con los de otros jóvenes, vaya a saber alguien por qué.

Algo que éste último tiempo me ha estado aislando cada vez más del mundo juvenil de mi época ha sido precisamente el tema de mi identidad. Soy una chica. ¿Normal? Hay que definir esa palabra primero que nada. Más allá de algún trastorno depresivo maníaco compulsivo no debo de tener. El punto es que hay algo en particular que a muchos les llama la atención sobre mi y no precisamente en buenos términos. Soy una chica a la que le gustan las chicas, y si, alguno que otro individuo del sexo contrario me ha llamado la atención. Pero ese es el problema. A algunos les incomoda, y para mi mala fortuna, esos ‘algunos’ son demasiados. Lo han sido por tanto tiempo que me he visto atrapada, asfixiándome en un espiral de rabia, pero sobre todo de soledad. No he querido nada con nadie a causa de lo que ciertas personas han dicho de mi, y solo ahora, con la ayuda de mis mejores amigas (las píldoras) he podido levantarme de la cama ésta mañana para empezar con esto, y para pensar.

¿Y qué he pensado? Muchas cosas a decir verdad. Pero al final del día, y en la forma más literal y honesta de ésta expresión, me doy cuenta de que si debo llegar a algo con todo esto, es que si, soy diferente. Y que por más hundida que me haya sentido o que me vaya a sentir a causa de ello, no me avergüenza en lo más mínimo. A lo mejor me es fácil decirlo ahora, en mi pequeño espacio de estabilidad hogareña, lejos de todo mal a simple vista. Pero es la verdad. Y creo que si alguien más se siente identificado con ésta afirmación, para empezar, debería levantar el dedo de en medio a quien quiera que se atreva a menospreciarlo. Y luego, que piense. Yo pienso… Pienso que éstas palabras podrían leerlas todos o no llegar nunca a ninguna parte. Aún no sé. Tal vez son tan irrelevantes como quién las ha escrito.

—🌼

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